Dejé a mis amigos metidos en una fuente de no recuerdo que plaza. Empapados en agua les decía adiós desde lejos para que mi afonía no empeorara gracias a la emoción y euforia del momento. Me iba con tristeza porque quería disfrutar de Madrid en un día como ese pero con ganas de ir a la radio y despedir mis últimos momentos.
La verdad que visto lo visto, hice bien en no salir de fiesta e irme a trabajar como Dios manda, con unos bombones y unos barquillos bajo el brazo para la despedida. Pudimos sentir lo que se estaba montando en Gran Vía y alrededores a las 4 y media de la mañana, cuando la policía empezó a cargar contra los indeseables que destrozan una bonita fiesta por no saber parar de beber.
Con un minidisc en mano y el micrófono en la otra grabamos los gritos de la gente desde la azotea de la radio. Pero en vista de que la cosa se estaba poniendo muy fea nos pidieron a Bea y a mí que bajaramos a la calle a coger sonido. Cuál fue nuestra sorpresa cuando llegamos abajo y los guardias de seguridad no nos dejan salir. Afuera se estaba liando gorda y estaban tirando piedras a diestro y siniestro. Una batalla campal en el centro de la capital.
Y ya llegó la mañana, y las despedidas. Con un sonrisa siempre, como me gusta irme a mí de cualquier sitio. Con tristeza la justa y valorando todo lo que he disfrutado este añito. Lo llevaba muy bien, de hecho casi consigo mi objetivo, pero mi querida Marisun no me lo ha puesto nada fácil.
Yo esperaba una despedida consciente de que volveríamos a vernos y eso es una realidad. Todo iba muy bien hasta que en mitad de la redacción mi pequeña empieza a poner ojitos y a recordar aquellos momentos hace un año cuando dos pipiolas como nosotras entrabamos juntas al equipo de fin de semana. Los primeros días, las primeras comidas, las primeras risas, los acercamientos al resto de becarios... Éramos una piña, Zipi y Zape, como dice Monzón. Sus ojitos dejaban ver la emoción en el momento trascendental en el que decides romper a llorar o consigues aguantar. Yo como seguía con mi idea de irme con una bonita sonrisa no la dejé elegir la primera opción. El problema vino en la cafetería cuando nos volvimos a encontrar Marisun y otro que hoy abandona el barco, el Señor Monzón. Despidiéndonos del camarero de nuevo le volvía a salir esa carita. Esa de "te voy a echar mucho de menos", esa de "nosotras empezamos juntas, de las primeras que entrábamos en la jungla", esa de "mira qué de tiempo ha pasado ya y cómo lo hemos pasado de bien", esa de "echaré de menos los desayunos, los cafés, los paseos, a Joaquín Prat echándonos la bronca" jajajaj. Esta vez no pudo parar y lo peor es que a mí ya nadie me pudo parar tampoco. Monzón nos miraba seguramente alucinado..las dos con las lágrimas corriendo por las mejillas e intentando no mirarnos hasta que se hubiera pasado. Con lágrimas pero con una enorme sonrisa he salido a las 11 y media de Gran Vía, para no saber si volveré jamás pero recordándome todo lo bueno que me llevo...lo mejor, esa gente tan estupenda que hay dentro.